Hace algún tiempo leí la novela de
George Orwell,
1984. En ella, el autor imagina un poderoso Estado donde todo esta bajo el control de la figura del Gran Hermano, el ojo que todo lo ve, el oído

que todo lo escucha y la mente que todo lo dispone. Su control llega a lo más íntimo de los sentimientos humanos, apoderándose de las vidas y de las conciencias de los ciudadanos, y sobretodo de los miembros del partido, que forman la cúpula del poder. Uno de los instrumentos que el
Gran Hermano quiere utilizar para controlar a las personas es la lengua. George Orwell dedica el capítulo V y el apéndice a exponer su modelo, simplista tal vez, de la nueva lengua y sus principios que denomina
Neolengua. Un equipo de expertos se dedica a destruir centenares de palabras cada día. Así, como nos explica entusiasmadamente Syme, el filósofo especializado en Neolengua:
“... las principales víctimas son los verbos y los adjetivos, pero también centenares de nombres de los que puede uno prescindir. No se trata sólo de los sinónimos. También los antónimos. En realidad ¿qué justificación tiene el empleo de una palabra sólo porque sea lo contrario de otra? Toda palabra contiene en sí misma su contraria. Por ejemplo, tenemos “bueno”. Si tienes una palabra como “bueno”, ¿qué necesidad hay de la contraria, “malo”? Nobueno sirve exactamente igual, mejor todavía, porque es la palabra exactamente contraria a “bueno” y la otra no. Por otra parte, si quieres un reforzamiento de la palabra “bueno”, ¿qué sentido tienen esas confusas e inútiles palabras “excelente, espléndido” y otras por el estilo? Plusbueno basta para decir lo que es mejor que lo simplemente bueno y dobleplusbueno sirve perfectamente para acentuar el grado de bondad. Es el superlativo perfecto. Ya sé que usamos esas formas, pero en la versión final de la neolengua se suprimirán las demás palabras que todavía se usan como equivalentes. Al final todo lo relativo a la bondad podrá expresarse con seis palabras; en realidad una sola...”[1]Orwell pone bajo sospecha la supuesta función comunicativa de la lengua. La visión que nos ofrece es la de la lengua como un instrumento en si, pero no como un instrumento para el entendimiento, sino como un
instrumento de poder. Su finalidad es limitar el alcance del pensamiento. Se parte de la idea de que pensamos los conceptos exclusivamente en palabras. Si

se limita el número de palabras se limita el pensamiento. La lengua se convierte así en un poderoso instrumento de poder que no solamente es concebido como un vehículo para extender la cosmovisión ideológica de aquellos que están situados en el poder, sino para imposibilitar otras formas de pensamiento. En la novela, cada palabra del nuevo diccionario tenía que estar tan claramente definida por si misma que no pudiera dar lugar a matices, a
interpretaciones “equívocas”, a otros sentidos posibles. Se trata de quitarle a las palabras su polisemia. Un concepto, una palabra; una palabra, un concepto. Un mundo perfectamente definido, siempre bajo el prisma de la ideología del partido.
Desconozco si George Orwell tuvo algún tipo de vinculación con el determinismo lingüístico de
Benjamín Lee Whorf, aunque creo que son contemporáneos. La cuestión es que la idea de neolengua de la novela tiene claras vinculaciones con la hipótesis de Whorf según la cual la lengua configura y estructura la percepción, determinando el pensamiento, y el correspondiente comportamiento de las personas.
Posiblemente, la propuesta de Orwell es extrema. No obstante, nos ilumina sobre una cuestión: la lengua no es solo una herramienta para el entendimiento. Una lengua también puede ser usada con
otras finalidades. Una lengua puede ser usada como
elemento de estatus. El uso y el conocimiento del latín, siglos después de que dejara de usarse en la vida cotidiana, continuaba empleándose para marcar la diferencia entre estratos sociales durante toda la Edad Media. Pero no solo eso, también era usada como instrumento de poder. En la película
Braveheart hay una escena en la que un consejero, ante la presencia del rebelde William Wallace, se dirige a la princesa de Inglaterra en latín con la intención de comunicarse con ella sin que el “salvaje” se entere de su comentario. En la película la estratagema le salió mal, ya que el “salvaje” conocía el latín porque había pasado su infancia con su tío, que era clérigo, y le había obligado a aprenderlo, ya que era la lengua del poder. A un nivel más cotidiano, actual y de manera más sutil, eso también ocurre. La lengua, en vez de ser empleada por y para el entendimiento, es empleada para todo lo contrario. Hay veces que doctores y especialistas de todo tipo, cuando no les interesa por lo que sea hacerse entender, cambian de estilo utilizando en la lengua un mayor contenido de tecnicismos que pueden hacer del discurso algo totalmente ajeno al oyente que no esté familiarizado con ello. Así que la lengua sea, o no, una herramienta para el entendimiento depende en gran medida de la intencionalidad de las personas. Puede usarse para manipular, o simplemente como barrera, creando
desentendimiento más que entendimiento.
[1] G. Orwell,
1984. Barcelona: Ed. Destino, 2003 (p. o. 1949), pág. 62.